19 oct. 2015

Psicoanálisis en tiempos modernos

Las sociedades son cada vez más desiguales en sus oportunidades no pudiendo negar las diferencias entre el primer y tercer mundo. Y, cada vez más sobre-igualadoras en las demandas que imponen: la globalización impone la igualación obligatoria que actúa en contra de toda diversidad y promueve la cultura del consumo. Las sociedades cuentan en tanto que mercado y la ética imperante es el utilitarismo, en donde el éxito es la eficacia y el rendimiento.
En la actualidad, lo que induce a hablar de “posmodernidad” o “segunda modernidad” es articular un cambio radical en la cohabitación humana y en las condiciones sociales marcadas por políticas que se esfuerzan por cambiar la dimensión del tiempo y del espacio. El poder puede moverse con la velocidad de la señal electrónica y el tiempo requerido para el movimiento se ha reducido a la instanteneidad. El poder es extraterritorial, lo que confiere a los poseedores de poder una oportunidad sin precedentes: la prescindencia de la cohabitación humana. Thomas Mathiesen considera que, en la actualidad, la obediencia al estándar aparece bajo el disfraz de la libre voluntad. Esto implica un cambio: de la coerción a la seducción, de la tiranía del amo presente que obliga a trabajar, a la seducción del capitalista multinacional que ofrece su imagen sonriente junto al producto que promociona para la compra-venta.
Voy al shopping” es una frase que se escucha en diversos lugares, pero: ¿el sujeto que la dice, dónde está? Poco importa, pues lo importante es que allí está todo, y, el que camina por el mega-centro comercial (templo del consumo) pertenece a la aldea global. Las personas se convierten en gente que rebasa anónimamente atrapada por las imágenes que excitan hasta la saturación y son promesa de saciedad. Creando una forma de repartición de mercancías, se construye el individuo “lleno de lo light”, que no habla una legua regional, sino una lengua universal –las marcas internacionales-, intentando disimular la “Babel” en donde se alimenta. El consumismo actual no tiene como objetivo la gratificación de algún deseo subjetivo, sino la producción del “individuo de la posesión”. “Para la sociedad capitalista avanzada, comprometida con la continua expansión de su producción, ése es un marco psicológico restrictivo, que en última instancia crea una ‘economía psíquica’ muy diferente. La voluntad de posesión reemplaza al deseo. La dependencia a los objetos se extrema bajo la creencia de poseer la libertad de estar al alcance de ellos, para hacer de su vida una obra, - no de arte - según un modelo que quiere imponer una identidad de contrabando. Los compradores-consumidores pueden encontrar el consuelo de tener la impresión de pertenecer a alguna comunidad en donde la ausencia de diferencia y el sentimiento de ‘todos somos iguales’ causan su atractivo. La trampa es que el sentimiento de identidad común es una falsificación de la experiencia: “los que han ideado y supervisan los templos del consumo son, de hecho, maestros en el engaño y artistas embaucadores”.
Lucha en ejercicio de la libertad. Pero, es tiempo de preguntarnos respecto de esa libertad, pues quizás lo que se experimenta en su nombre ni siquiera lo contemple. Zygmunt Bauman considera que en la “modernidad líquida” los hombres “viviendo en la esclavitud, se sienten libres y por lo tanto no experimenten ninguna necesidad de liberarse”. En este marco cumplen su función el uso de anfetaminas o anabólicos, el tatuaje, el piercing, los deportes de alto riesgo, las drogas y sus diferentes usos, las competencias de bebedores de alcohol, entre una innumerable serie de costumbres adolescentes. Lo descripto muestra la cara nefasta del capitalismo en donde el capitalista es anónimo y el sujeto resulta licuado. El anonimato del capitalismo se generó a través de un truco: “no abolió las autoridades creadoras de la ley, ni las hizo innecesarias. Simplemente dio existencia y permitió que coexistan una cantidad tan numerosa de autoridades que ninguna de ellas puede conservar su potestad. Cuando las autoridades son muchas tienden a cancelarse entre sí. Una autoridad en potencia se convierte en autoridad por cortesía de quien la elige. Las autoridades ya no mandan, sino que intentan congraciarse con los electo-res”, lo que construye como consecuencia es el desmantelamiento de las redes normativas.
Vivimos en una sociedad en donde la autoridad paterna está francamente decaída, devaluada, en donde la función de regulación de leyes de convivencia familiar y social está debilitada, lo cual no es sin consecuencias. El joven –y se tiende a eternizar la juventud- vive bajo la ley de “traspasar sus límites” y lo real del goce pulsional alcanza sus figuras más horrorosas en ruinosos “modos de vida” y de muerte.
Se ha generado una sociedad tendiente a la adición y a la adicción, en donde lo que se consume debe llegar al exceso de la máxima satisfacción. Se impone la ley del “safis-facere”, en donde un pretensioso “demasiado hacer” es “hacer en demasía”. Su consecuencia está a la vista: “no tengo tiempo”, frase de letal elegancia con la cual la gente se pronuncia respecto de lo que llama “su vida”. Cabe preguntar: ¿es vida?, ¿de quién?, ¿quién tiene la titularidad de esto que llamamos “mi vida”?. Existe una lógica aditiva, la lógica del uno más, de un poco más, en una serie con tendencia al infinito. En El psicoanálisis y la odisea hemos referido ejemplos: los envases de gaseosas que de pequeñas botellitas se convierten en botellones de dos litros; los modos de la cultura alcohólica en donde beber bien es beber hasta la descompostura; los restaurantes “tenedor libre”, en donde se puede comer de todo y mucho al mismo precio, y en donde comer bien se convierte en comer mucho. No hay alteridad ni diferencias. Y, entonces, cada uno en tanto que cualquiera puede en un instante fugaz convertirse en paracaidista, y ser el gran triunfador que practica deportes de alto riesgo -¿Hay entusiasmo por el riesgo, por lo que traspasa los límites?-.
La virtud normativa de la prudencia está en desuso, también otras. Es el mundo del “todo-listo”, del “siempre-listo”, y el que no puede tiene una solución al alcance de la mano: químicos para dormir, despertar, tener fuerza, divertirse, no comer, no dormir, no parar. Así las asociaciones entre fármacos y drogas están en el orden del día. No importa aquello que entra en la cuenta, el asunto es que sume. La saturación lleva a querer “tener todo” o bien a “tener nada”, en donde juegan sus lugares bulimia y anorexia, ya no solamente como patologías alimenticias, sino como modos de encarar la vida. La privacidad de un dormitorio es reemplazada por los “chat-shows” en donde la máxima intimidad pasa a ser objeto de consumo público. Y el consumo implica trabajo, negocio - nec-otium -. Nada se pierde, todo es aprovechable en la producción a través del trabajo. Como psicoanalistas sabemos que el trabajo del inconsciente, cuyo principio es el goce del trabajo de la pulsión de muerte-, es aliado inseparable del trabajo del sueño, cuyo objetivo es seguir durmiendo.
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A.M. Imbriano

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