25 abr. 2015

Casualidades

Me tomaste de la mano mientras apurabas el paso porque llegábamos tarde a la reunión. Una señora, encorvada y con bastón, tambaleó ante la situación. El perro que dormía contra el poste de luz, se sobresaltó y miró a la vieja. El mosquito que daba vueltas alrededor de las orejas del perro, se posó en uno de los costados y clavó su pico entre los pelos del can. Yo me sostuve entre tus dedos y apreté con fuerza. Fijé la mirada en tus rulos largos y alborotados moviéndose con el viento. Vos giraste la cabeza, me sonreíste con toda la cara y esquivaste los folletos que te estiró la mano de un repartidor. En la esquina, con el semáforo en rojo, un auto bastante moderno hacía rugir su motor, quizás apurando al verde para poderse disparar. Por la senda peatonal, apenas marcada, una nena cruzaba a los saltos, de línea en línea, mientras que su mamá le gritaba que dejara de pelotudear porque la iban a pisar los autos. Tu celular empezó a sonar adentro de tu cartera. Quizás era tu jefe que ya había llegado y no te encontró esperándolo. Atendiste a los manotazos, revolviendo entre pañuelitos, billetera, llaves y otras porquerías que llevás todos los días en el bolso. - Si, estamos llegando, a una cuadra. No agregaste más nada, tampoco me volviste a mirar, pero sí que apretaste la caminata y casi, casi, que me hacés volar. Te mandaste entre una pareja que justo se dejaban de abrazar y frenaste el paso de un repositor que quería entrar las cajas en el supermercado. Creo que los miré a todos con cara de pedir perdón y me agarré con más ganas de esa mano que me llevaba - no fuera cuestión que entre tanto apuro me soltaras y me dejaras por ahí olvidada-. Llegamos con dos minutos de anticipación a la hora pactada. Pero tu jefe, por supuesto, había llegado con cinco. Y justo en ese momento, las nubes que estaban dando vueltas por el cielo, se corrieron dándole paso al sol que más brilló en toda la semana. Una bandada de pájaros abandonó uno de los alerces del parque de la otra cuadra. La alarma que se había activado en un auto estacionado, fue apagada con el sonido de dos prip seguidos. Y tu jefe me clavó la mirada.
Se hicieron las presentaciones: - Mario.- Josefina un gusto... como toda respuesta un silencio casi eterno. Casi, porque él mismo se interrumpió admitiendo con los ojos bastante abiertos, que no se lo esperaba. Emulando un insight recordó que tenía modales, abrió la puerta de vidrio del restaurant y nos hizo pasar. Ya me habías soltado la mano y caminabas en dirección a una mesa de cuatro bien ubicada en un costado. Nos sentamos al lado, Mario al frente tuyo aún con los ojos en mi cara. En el baño una señora se maquillaba con delineador barato y rimmel prestado, mientras que otra se lavaba las manos y no encontraba con qué secarselas. Un mozo con cara de no haber dormido durante tres días, dejó tres menú en el costado de la mesa y ahorrando toda palabra volvió atrás de la barra donde estaba, a mirar su celular. Entre nosotros tres no volaba ni una mosca, literalmente. 
- Bueno Mario, te escucho, había noticias me dijiste... Espero no te incomode que haya venido acompañada...
- No hay problema Rocío, solamente quiero ver que entendí bien... ¿Josefina es tu...?
- Novia, si. Pensé que sabías.
Me sentí algo incómoda, pensé que la reunión era de negocios y no de asuntos personales. Pero ella había insistido mucho la noche anterior en que la acompañara. Me sumergí en la carta y repasé tres veces las variedades de pizza... qué barbaridad los precios de este lugar, es un bar de mala muerte para cobrar tan caro una muzza. El mozo apareció por encima de la carta con cara de querer saber qué íbamos a pedir. ¿Para qué usar las palabras si con una mirada podía decir todo?. Anotó en la libretita tres café grandes y dos tostados. Creo, pero creo, no estoy segura, dijo entre dientes que enseguida estaban.
Mario metió su mano en la campera y tanteó la billetera y celular mientras que con demasiada atención pretendida, examinaba el mantel con una mancha vieja de café en el borde. Vos me miraste inquisidora, y te respondí con media sonrisa de tranquilidad. Por debajo de la mesa te acaricié la rodilla para confirmarte que estaba todo bien y entendiste mi señal con ese suspiro livianito. 
- Bueno en realidad no era sobre el trabajo la reunión... quería más bien conversar con vos, conocerte un poco más. ¡Pero nos adaptamos entonces y las conozco a las dos ya que estamos!
Y se dio inicio por primera vez en el día, al uso fluído de las palabras. La señora que tomaba un submarino en la mesa del frente, leía el diario y hacía caras muy raras. Yo no podía interpretar si eran noticias buenas o malas. En la tele pasaban títulos de la farándula porteña, con solo mirar un poquito alrededor me di cuenta que a nadie le interesaban, y me pregunté, una vez más en veintiséis años, porqué los bares tienen la tele prendida en canales que nadie mira. Vos sonreías apenitas mientras conversabas distendida. Esos rulos que tanto me gustan jugaban divertidos entre tus orejas cada vez que vos los corrías de tu cara.
Y así pasó la mañana. Supe más de los chismes de tu oficina, Mario supo que sos lesbiana. Vos conociste un poco más de su vida privada. Y entre los tres pasamos casi dos horas de oraciones intercambiadas. Que al principio eran como tímidas, pero que se soltaron y se conocieron entre ellas. Tomaron diferentes tonalidades y algunas incluso fueron de tenues carcajadas. Supimos entonces muchas cosas: nosotras supimos ser una pareja consolidada y tu jefe, una persona extremadamente apasionada, cosa que vos no sabías, mucho menos te lo imaginabas - así como el tampoco se esperaba semejantes noticias sobre tu vida privada-. 

Entre esas pasiones que Mario tenía, estabas vos, la secretaria que mas le interesaba de todas las que trabajaban en la firma. Él había estado pensando durante dos semanas si invitarte un café o no, Su mejor amigo le había dado ánimos diciéndole que no perdía nada con intentarlo, y que la idea de tomar algo con vos, podía abrir puertas que él consideraba cerradas. Tardó otras dos semanas en concretar la invitación, y por fín, ayer se animó. Antes de que te fueras te llamó a su oficina y en tono amistoso pero sin perder la seriedad de su jerarquía, te ofreció encontrarse hoy, a esta hora, acá, para conversar un poco sobre el trabajo. Tan ingenua y confiada aceptaste creyendo que algún cambio de tareas te esperaba, aceptaste enseguida y corriste a casa para decirme que posiblemente te iban a dar un ascenso, que necesitabas que te acompañara. Pobre Mario. Él quería invitarte a salir otra vez, quizás de noche, para después acompañarte a tu casa y despedirse con un beso en la puerta. Si, pobre, él te mira con los ojos que brillan esperando que le devuelvan esa mirada. En su trabajo su personalidad avasalla las tareas, pero dejando atrás esas paredes, es un chico pequeño, inseguro y algo tímido, que espera que lo abracen antes de dormir y que le digan que van a estar para siempre tomándole la mano para caminar. Mario fue al bar con ganas de enamorarte aunque sea un poquito; y volvió a su departamento con ganas de llorar. Vos me llevaste a tu reunión de trabajo esperando ese nuevo puesto, y volvimos conversando sobre lo piola y distinto que es tu jefe fuera del trabajo, estabas algo desilusionada, pero animada de haber aclarado tu orientación con el líder de la manada. 
Y en una isla del caribe, una de esas porciones de tierra perdidas entre tanta agua, que casi no figuran en el mapa, una mujer ni tan jóven ni tan vieja, tejía un techo de pajas, pensando para sus adentros, que más tarde quería tomarse un trago hecho de bananas. Y a veces las situaciones no tienen nada de sentido, pero sí que son complejas. Es que suceden tantas cosas en el exacto mismo momento en que uno está viviendo, que no alcanzan a veces las palabras para explicar porqué esa señora caribeña que está muy alejada de edificios, trajes, corbatas y lesbianas, tiene tanta vida como la de Mario que mira sin ganas el inicio de Facebook, tirado en la cama.

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