11 dic. 2014

Había días en que ella se sentía menos que un gris en el arcoiris. En que todo su mundo se cerraba tras cuatro paredes y el único sol que iluminaba la habitación, era de esos artificiales que además de luz pasan imagenes. Había otros días, que un nudo la atravesaba, la derrumbaba. Pero ella seguía parada, mirando a través de la ventana, o simplemente acurrucada en un costado de la cama. Un nudo que sin darse cuenta, la anudaba. Ella se decía que no pasaba nada, que no lo permitiría. Pero no lo controlaba. Como cascada caían los pensamientos ante sus ojos, pero ella apretaba los puños, ponía dura la panza y seguía, lánguida, impenetrable. Esos mismos días se cuestionaba ¿Porqué se quedaba encerraba? Deseaba hacer todas esas cosas que tenía planificadas, pero le faltaban ganas. Esos días eran bastante parecidos a otros días que hubo años atrás, pero no lo iba a reconocer, eso había sido parte de otra vida. 
Pero sí era cierto. Había días que no eran días. Ella sin permitirselo, sin admitirlo y en silencio, había caído. Y durante un fugaz instante, desaparecido.


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